viernes, 18 de noviembre de 2011

De elecciones y de sofás...


Me siento en el sofá de mi casa a ver las noticias de las 3.

Hoy hay Especial Elecciones: se cierra la campaña
y salen los políticos a soltar sus últimos embustes.

Todos prometen un montón de cosas,
hablan de que saben cómo superar la crisis,
se acusan unos a otros de haber creado la crisis,
dicen que Verdad sólo hay una,
pero en realidad cada uno tiene la suya.

El principal candidato de la oposición está confiado
porque sabe que este año le llega el turno en la fiesta del bipartidismo,
el candidato del gobierno en funciones se sacrifica por su partido
a cambio de quién sabe qué incentivos
y todos los demás partidos luchan por un puñado de segundos
en la parrilla televisiva.

Todos hablan de vencer al enemigo
(un enemigo muy variado, por cierto)
y el candidato independentista acierta diciendo
“el principal enemigo es el sofá”
mientras todos los televidentes aplauden sentados en el suyo

y yo también.

Tengo la sensación de que si voy a votar no va a servir para nada
y de que si no voy a votar tampoco va a servir para nada.

Pensaba que al fin y al cabo tendría alguna idea clara después de todo este tiempo,
pero no es así.

Sigo igual de escéptico, de apático,
no tengo esperanza en NINGUNA de esa gente,
sólo tengo una cosa clara
y un humilde consejo para ti
que estás leyendo esto...

Votes o no votes:

¡LUCHA CONTRA EL SOFÁ!

martes, 1 de noviembre de 2011

Mucho cuidado...

  Vivo rodeado de un fracaso constante. A veces pienso que mi vida es un naufragio continuo que nunca termina de consumarse. A mi lado veo a otros que se hunden, o que van en balsas, o que directamente no tienen ni un trozo de madera al que agarrarse. Gente grande, trabajadora, con ideas originales (o no), pero con ideas al fin y al cabo. Todos nadando en un mar de incertidumbre, todos intentando hacerse un hueco en este mundo salvaje, haciendo los trabajos más inmundos, aguantando como bestias, soportando el peso y el dolor, hasta que ya se confunden y no ven la diferencia entre las lágrimas que brotan de sus ojos y el sudor que cae de su frente, aguantando porque creen en un futuro mejor, porque creen que algo bueno les espera.

Y cada vez me gusta menos esa gente que se quiere a sí misma de manera casi pornográfica. Ésos que se alegran tanto de haberse conocido, los mismos simpáticos cabrones que jamás en su vida harían nada por ti, que estarían dispuestos a pisarte y pasar por encima tuyo si fuese necesario para conseguir una mierda insignificante (el éxito, quizás, o quizás sólo un trozo de pan duro). Porque el éxito es como el pan: al día siguiente de adquirirlo se pone duro y no hay quien se lo coma, y entonces sólo sirve para rallarlo y rebozar las croquetas con las sobras de la semana. El éxito es como una falsa promesa, y la gente acude a comerte como los gusanos a la manzana hasta que no queda nada de ti.

Menos mal que yo nunca tuve éxito, me lo prometieron muchas veces pero era mentira, intentaron comerme antes incluso de que tuviera nada (algo tan absurdo como intentar atracar a un mendigo). A mí no me gusta esa gente que promete y no cumple, los que desprecian a otra gente, los que faltan al respeto, los que se creen mejores y no tienen cojones para demostrarlo. He descubierto que hay que hacerse respetar, a veces, aunque uno no quiera, pero es así, al menos para mí. No todo el mundo es buena gente, eso es una mentira: hay que tener ojos en la nuca y lengua viperina, hay que tener la mente rápida y las ideas claras, y a veces hay que poner límites al que se pasa de la raya.

Mis escrúpulos son cada vez más pequeños y mi ansia más grande, ya no me ando con gilipolleces. Tened mucho cuidado conmigo...

...que quizá mañana me alegre de haberme conocido.

lunes, 17 de octubre de 2011

Revolución-Contradicción


Yo estuve en la mani del 15-0, como casi todo el mundo o, al menos, como mucha gente. Pero no fui como manifestante: fui como espectador. Necesito aclarar ciertas cosas y responder a ciertas preguntas (respuestas que seguramente a nadie le interesan). ¿Soy un indignado? Sí, lo soy, desde mucho antes que la palabra se pusiera de moda. ¿Soy un revolucionario? No, al menos no en el sentido que generalmente se le da al término. Yo soy, indudablemente, un escéptico, eso lo tengo claro. Es básicamente lo único que tengo claro. Y sí, fui a la mani del 15-0, y fui por obligación moral. Y por curiosidad. Pero una vez allí empecé a dudar (siempre esas malditas dudas, amigos) de que todo eso sirviera para algo. Que sí, que ocupar el espacio espacio público es algo que debemos hacer, que no se nos olvide que la calle es nuestra, en eso estoy totalmente de acuerdo. La acción de ocupar el Hotel Madrid, chapó, me quito el sombrero, por ahí van los tiros...


Pero fíjate tú que me apoyo en un banco de la calle Alcalá a escuchar las 3 batukadas simultáneas que luchaban por hacerse oír unas por encima de otras (una gran metáfora del ala izquierda de la política), y veo a mi lado a una chica de unos 20 años con su pantaloncito jipi y sus pendientitos y sus símbolos de la paz y su chapita verde, coreando entusiasmada los eslóganes revolucionarios, y de repente le veo llevarse a la boca uno de esos frapuccinos o como ostias se llamen, en fin, un café del Starbucks. ¿Sabéis lo que es el Starbucks? Una de las multinacionales más despiadadas de la hostelería, representante del capitalismo más salvaje contra el que rezan las consignas que la simpática jipi corea mientras sorbe inocentemente su pajita. Y ejemplos como éste, si nos ponemos nos tiramos toda la tarde... Entonces me da por pensar “¿es que acaso vivimos en una incongruencia total?¿cómo se puede luchar contra esta situación?¿realmente salir a la calle a tocar los tambores y cantar un poquito sirve de algo?¿cómo podemos quejarnos de los abusos del capitalismo si somos los primeros en financiarlo?¿es que somos gilipollas o qué?


Y me reitero: no soy anticapitalista ni capitalista, ni revolucionario, ni conservador, sólo soy un tipo que observa y que quizá a veces ve demasiado, por eso algunos dicen que cada vez que abro la boca pierdo una decena de amigos, pero bueno. Ya estoy acostumbrado a eso.


El caso, y ahí va mi humilde consejo, es que si luchas contra los mercados, no se trata de una lucha de batukadas y cánticos, es una lucha de billetes, de consumo. Deja de consumir las mierdas capitalistas de las que tanto te quejas y luego ponte a cantar.


Y eso que yo no he entrado en un Starbucks en mi puta vida. Eso sí, el mes pasado estuve en el McDonald´s...

lunes, 26 de septiembre de 2011

Malas influencias


Aquella noche Rudolf organizaba una fiesta en su casa. Vendrían el concejal Crimson y esposa, el matrimonio Mccoy con su retoño Michael, y la amabilísima señorita Pickles con su caniche. A las 5, con mucha puntualidad, estaban allí todos los invitados. Rudolf invitó a sus amigos a entrar en la casa y les enseñó toda la colección de piezas de caza que tenía colgadas por las paredes.


-Este majestuoso ejemplar lo cacé hace no muchos años, en la finca de mi primo...


-Este otro, como podéis ver, llama la atención por su prominente cráneo. Por eso lo he puesto encima de la chimenea: para que resalte más...


-Este de aquí es el primero que cacé, con dieciséis años. Le tengo un cariño especial...


Mientras mostraba sus trofeos todos asentían satisfechos, dando signos de aprobación. La mujer de Rudolf sacó té para todos y se sentaron a charlar agradablemente junto al fuego. El concejal y su mujer se sentaron al lado de Rudolf en el sillón grande, y el matrimonio Mccoy en un sofá contiguo. La señorita Pickles pidió permiso para subir a su adorable caniche al sofá y a Rudolf le pareció bien, así que lo puso sobre sus rodillas y empezó a acariciarlo suavemente.

Estaba siendo una velada estupenda, todos sonreían y, además, Rudolf estaba de un humor espléndido, contando anécdotas graciosas y haciendo las veces de anfitrión, cosa que le agradaba sobremanera. El querubín de los Mccoy llevaba toda la tarde callado, y Rudolf, que había oído hablar de la sagacidad del pequeño, estaba un poco extrañado de ese comportamiento. Con el afán de romper el hielo, comenzó a hablar con él.


-Bueno, pequeñín, te veo muy callado. Tus padres dicen que eres un chico muy listo, ¿qué te parecen mis trofeos?¿te gustan?


-No me gustan, Señor Rudolf.


Rudolf le miró extrañado y todos rieron políticamente, como diciendo “¡mira qué gracioso el niño!”.


-¿Y eso por qué? A mí me parecen muy bonitos y les tengo mucho cariño.


-Es que hay algo que no entiendo, señor Rudolf.


-¿Y qué es lo que no entiendes, hijo mío? -Rudolf estaba empezando a sentirse incómodo con la conversación, pero intentaba mantener las apariencias.


-No entiendo cómo puede tener cariño a algo que usted mismo ha matado. Es como si un asesino guardara los cadáveres embalsamados de sus víctimas y se los enseñara a sus amigos, ¿me entiende?


Rudolf soltó una carcajada sarcástica.


-¿Pero de dónde han sacado a este chico?


El matrimonio Mccoy aguardaba callado y rezando para sus adentros que su hijo no siguiera hablando. De aquella fiesta dependía que a Norman Mccoy le ascendieran a director de personal en la empresa de productos cárnicos de la que Rudolf era dueño.


-No le haga caso, señor Rudolf, es sólo un niño...


-No se preocupe, Norman, quiero escuchar lo que tiene que decir. -dijo Rudolf, que estaba contrariado, pero a la vez sentía curiosidad por el chico- Vamos, pequeño, suéltalo.


-A lo que me refiero, señor Rudolf, -continuó Michael- es que usted se cree muy civilizado, pero no es más que un salvaje que mata por placer, además de ser un exhibicionista. Nos invita a todos a un té mientras nos enseña cabezas de animales muertos y cree que eso es tener el gusto muy refinado. Si le digo la verdad, preferiría estar con unos mendigos bebiendo agua de las alcantarillas y calentándome las manos con el fuego de un bidón que estar discutiendo con usted acerca de esto...


Rudolf, perdiendo la paciencia, se levantó de un salto.


-¡Ahora sí que se ha pasado de la raya! Señor, Mccoy, voy a tener que rogarle que haga callar a su hijo.


El señor Mccoy cogió al pequeño, se lo llevó al hall, y le dio unos cuantos azotes con la zapatilla. Cuando volvieron, Michael estaba de lo más callado. Se sentó en el suelo y se dedicó a contemplar la conversación de los mayores que, después de un ligero tentempié, dieron cuenta de dos botellas de Chateau Latour. Un rato después ya estaban bastante achispados, la noche se estaba animando de nuevo y se había olvidado casi por completo el incidente. En un momento dado, el concejal Crimson observó, para gran regocijo, que el pequeño Michael se estaba portando muy bien y estaba muy calladito. Pronto se dieron cuenta de que ni siquiera estaba en el salón.


-No se preocupen, queridos amigos. Estará jugando.-Dijo tranquilizadoramente Rudolf, y acto seguido añadió- He de reconocer que su hijo, señor Mccoy, es un poco entrometido, pero estoy seguro de que tiene un gran corazón, como su padre.


-Gracias, Señor Rudolf, ¡usted me halaga!


Todos rieron y se dispusieron a hacer un brindis por aquella velada tan estupenda. El concejal comenzó un discurso sobre la moralidad y el buen trabajo de los hombres de bien como el señor Rudolf, cuando entró el Pequeño Michael con una bandeja de plata de las que había en la cocina, actuando como si fuese un camarero.


-¡Qué gracioso!-Dijo la señora Crimson.


-¡Realmente es un chico estupendo! -añadió la señora Pickles.


-¡Qué diantres!¡Brindemos por el chico! -exclamó el concejal, estusiasmado.


El pequeño Michael se puso en frente de la hoguera con su bandeja, causando mucha expectación entre los presentes.


-Señor Rudolf... he estado pensando en lo que dijo usted antes y he llegado a la conclusión de que tiene usted razón. Por eso le he traído un regalo para que usted me perdone. Espero que le guste...


El matrimonio Mccoy no cabía en sí de gozo, miraban a su hijo casi con las lágrimas saliéndose de sus ojos. Rudolf sonrió, satisfecho por haber sido tan buena influencia para el chico. La señora Pickles se acariciaba a sí misma, emocionada. El pequeño Michael levantó la bandeja. Había algo dentro pero estaba tapado por un gran paño y no se podía ver lo que era.


-¡Venga, chico, enséñanoslo! -bramó burlonamente Rudolf, que ya sentía el calor del vino subiendo por sus mejillas.


En ese momento, el pequeño Michael levantó el paño de la bandeja y todos pudieron ver lo que había dentro: era la cabeza decapitada del caniche sobre un charco de sangre negruzca, con la lengua colgando hacia un lado.


-¿Le gusta, señor Rudolf? ¡Es para su colección!

viernes, 23 de septiembre de 2011

Más allá del fracaso


25 julio 2011, para Ángel Vallejo


¡Escucha!

La prosperidad vendrá a buscarnos algún día
brindaremos con copas llenas
y nos reiremos del sufrimiento pasado.
El fracaso nos parecerá una broma
seremos viejos decrépitos y satisfechos
miraremos nuestras cicatrices con cariño
y una nostalgia risueña
invadirá nuestros corazones.

¡Escucha!

La lucha es nuestro único camino
hemos nacido para ser guerreros
para escupir palabras contra el viento
para plantar semillas en terreno baldío.
Por eso te digo, amigo mío,
que la desesperación se marchará
igual que vino;
tú serás director y yo, poeta:
se cumplirá nuestro destino.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Me la suda...


Me la suda si estás enfermo

me la suda si tu madre te ordenó hacer un recado

me la suda si tienes que pasar el cepillo por tu piscina

me la suda que quieras ser grande y te sientas pequeño.


El tamaño no es lo importante.

El tamaño es simplemente inevitable,

cada uno juega con lo que tiene:

acostúmbrate porque el juego funciona así,

no existe ningún secreto,

no hay fórmula mágica,

los genios no se despertaron un día siendo genios,

tu polla no va a crecer milagrosamente,

el amor de tu vida no va a ir a buscarte a tu casa,

no te van a premiar por ser capaz de algo

sino por intentarlo.


Y te voy a decir algo que debías saber

desde hace mucho tiempo:


La recompensa del cobarde es una patada en el culo.


viernes, 22 de julio de 2011

Lo místico de lo mundano (conversaciones sin principio ni final)

Para Sofía y Mahimi.



Un aire nuevo:

no para respirarlo
sino para vivirlo.


Gonzalo Rojas



La guerra de los sexos
la locura cuando se cuela en tu casa
llevarte bien con tu neurosis
el jabón de fregar
lo delicioso de la incertidumbre
un buen corte de pelo
los Gyspsy Kings en una estación abandonada
follar y dejarse de tonterías
gente inaguantable (pero, al fin, memorable)
hacerse otro
una fiesta de raveros surcando los canales de Amsterdam
(y las gogós en una lancha adicional)
muchos fotógrafos
lo onírico del recuerdo
decir lo que piensas sin pensar lo que dices
(y que no importe)
recordar cuando el abandono vino a buscarte
y no le abriste la puerta
las pasiones absurdas como los celos
o el miedo a perder el miedo
las tortas de arroz con sésamo
el agua bendita en el tercer estante a la derecha
afirmar preguntando
ver crecer la semillas
conocer
reconocer
despistarse
olvidar
encontrar
la gallina de los huevos de oro
la conspiración extraterrestre
la revolución
las sardinas con chopitos
el insomnio marrón
el placer de mirarse a los ojos
el placer de ser por y para los demás
de amar y ser libre a pesar de todo.