martes, 3 de enero de 2012

Un fin de año espléndido...



Ahí estoy, en casa de mis padres, disfrutando de esa maravillosa cena familiar en la que se mezclan todo tipo de alimentos en cantidades industriales para pillarse la indigestión que uno se merece. Me quedo dormido después del festín surrealista, como era de suponer, en el sofá del salón, agotado por tantos días de celebraciones absurdas. Cual es mi sorpresa cuando oigo un extraño gorgoteo cerca de mi cara: es el gilipollas de mi hermano echándome nata montada por encima y, de paso, echando también a perder la única camisa con la que no parezco un vagabundo. En ese mismo momento empiezan a repartirse regalos y llegan a mis manos unas botas que son una mezcla entre las de Krusty el payaso y el cowboy de Brokeback Mountain. Siempre he sido brutalmente sincero con ese tipo de cosas, así que hago saber que esas botas son lo más feo que he visto en mi vida. Mi hermana, visiblemente contrariada (pues, evidentemente, ella ha elegido esas botas para mí) me intenta convencer de que las botas son maravillosas, de que es imposible que no me gusten; además “algún día tendrás que ponerte a la moda”, dice alguien por detrás. “¿desde cuando he estado yo a la moda?” espeto con la mala hostia saliéndoseme por los poros, “será mejor que devolváis esas botas y os quedéis con el dinero, y sólo os pido un favor, no me volváis a regalar JAMÁS unos zapatos, lo que sea menos unos zapatos, por el amor de Dios, soy demasiado especial con los zapatos”. Todos me miran mal como es usual en estas fechas que todos saben que aborrezco, pero yo no me siento un desagradecido. Cuando me preguntaron que qué quería por Navidad dije que nada, que un libro si acaso, un libro de segunda mano de esos que cuestan 2 euros hubiera satisfecho mi apetito gilipollesco de regalos, pero no. Soy un desagradecido porque no me gustan las botas de cowboy de circo galáctico.

A todo esto ya son las doce menos diez. Mi pobre madre está a punto de llorar, pero se logra contener para no estropear del todo tan entrañable momento. Encendemos la tele y sintonizamos Tele 5. Allí está la Pantoja con el subnormal de su hijo, el Paquirrín, visiblemente emocionados por despedir el año para todo el país. Ella le regala nosequé mierda, un brazalete de oro a su hijo, él dice que va a cambiar este año, que va a hacer lo que nunca hizo este nuevo año (¿tener talento para algo, quizás?), y los dos echan una lagrimita que logra conmover a toda la nación. A mí sin querer se me escapa de pronto “¡Anda e iros a tomar por culo!” desde lo más hondo de mi espíritu. Todos me vuelven a mirar mal y mi hermana dice “te comportas como un viejo cascarrabias” y yo contesto “antes parecer viejo que subnormal” y no es que lo diga por ella, porque es una tía inteligente, pero es que en Navidad parece de pronto que todo el mundo se vuelve gilipollas por arte de magia.

Cuidado que llegan los cuartos. Todo el mundo se pone nerviosísimo por coger sus uvas, la señal de mastercard indica que las campanadas mastercard van a empezar. Empiezan las campanadas, todo el mundo empieza a engullir sus uvas con desesperación: dejarse una en el plato puede suponer todo un año de desgracias así que a medida que van avanzando la gente va acumulando uvas en su boca una tras otra “una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...” Por fin llegamos a la doce, ¡por fin estamos en dos mil doce y milagrosamente nadie a muerto atragantado, ni siquiera mi abuela! Todo el mundo se pone a chillar como loco menos yo. Escapo silenciosamente hacia mi ordenador escurriéndome como una lagartija después de los efusivos abrazos familiares, para escribir esto, para cagarme en toda su puta madre, cuando de pronto entra mi querido amigo Julián a interrumpirme. Me dice “¿se puede saber qué coño haces escribiendo un relato a las doce y media de nochevieja? Maldito bohemio de mierda... ¿no se te podía ocurrir otro momento?” Intento seguir escribiendo mientras contesto distraídamente al bombardeo de preguntas de Julián, pero ya es inútil. Ni siquiera la inspiración es suficiente, ni siquiera el hastío o la bendita mala hostia que me habían puesto frente al teclado pueden hacer frente a la perseverancia de Julián cuando quiere salir a emborracharse lo más pronto posible. Por si fuera poco aparece por la puerta Kike, el hermano de Julián, y ahí se quedan los dos como quien observa un chimpancé masturbándose en una jaula. Sinceramente, creo que si me hubieran pillado con los pantalones bajados haciéndome un manubrio no habrían estado más extrañados.

Para la gente es muy habitual cualquier cosa excepto ver a un tío tecleando frente a un ordenador, y me refiero a teclear para uno mismo, a escribir para uno mismo o para todo el universo, no a comentar polladas en el facebook, twitter y sucedáneos. Ellos no ven más que un tipo perdiendo el tiempo, cuando ese tiempo podría ser gastado en cosas más útiles como tirar petardos, beberse un cubata o intentar echar un polvo con una tía que te apañe. Te pedirán que dejes tu obra maestra para otro día, pues cada vez que escribes, escribes tu obra maestra o eso es lo que parece cuando ven tu cara de trastornado al pedirles que se larguen y te dejen en paz un rato o, al menos, que no metan las narices en lo que estás haciendo.

Os sorprendería la cantidad de "obras maestras" que se tiran por el retrete. Es sorprendente que las cañerías de mi casa no estén atascadas de tanta bazofia, que un día por sorpresa no estalle el suelo y empiecen a surgir los restos podridos de toda la literatura mediocre que uno es capaz de producir en una noche aburrida como cualquiera en la que no tienes fuerzas ni para dormir. Quizá sea este relato el que colma el vaso, por eso no voy a tirarlo: tengo miedo de que toda esa mierda salga de nuevo y me ensucie la cara, así que ahí la tenéis, queridos, regocijaos en la basura mediocre que os brinda este escritor de medio pelo, empaparos en mi pena que no es pena sino un aburrimiento atroz, y no os preocupéis por mí. Cuando salga a la calle estaré de un humor espléndido.

2 comentarios:

Carlos Antonio López Martínez-Santos dijo...

Feliz ano roto.

BELEN BOVILLE dijo...

tu sinceridad, frescura y baba negra me encantan. Ojalá hubiera más escritores de medio pelo y poetas músicos como tu.
feliz año guapetón, tu tía que no estuvo en las campanadas....